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Las esmeraldas

Joaquín Dicenta Benedicto



 

 

- I -

Tres salones del palacio ducal apenas bastaban al acomodo de la «canastilla»y de los regalos con que obsequiaron a la novia sus parientes y amigos. Entrelos regalos sobresalía un aderezo de esmeraldasofrenda del duque de Neblijarfuturo esposo de Leonor Pérez de Carmona.

Engarzaban las piedras en la más pura filigrana que pulieron árabes yjudíos.

Uníanse unos engarces a otros por cadenillas microscópicasy era cadaengarce un prodigio de calados y geométricas figuras. Las esmeraldaslimpiascarnosasrelucían como ojos de mujer. Rodeando la almohadilla del estuchónaforrado en gamuzarelampagueaba un collar. Sus piedrasa partir de unaesplendorosaque descolgaba solitariadisminuíanparejamentehasta remataren dos triangulares que formaban el broche.

Sobre el cojínrodeado por el collartriunfaba una diademaen cuyafábrica el metal se iba sutilizando para volverse espuma; entre ella flotabauna esmeralda de ígneas transparenciasiguales a las de las olas al romper. Enlos ángulos del estuche se retorcían cuatro serpientes de oro; dos piedrasllameaban en cada cual de las achatadas cabezasremedando los ojos del reptil.

Galas últimas del joyero eran las arracadas; tallólas el artífice endisposición de cairelespara queal rozar los cuellos femeninosloscosquillearan con lascivos arpegiostal que si fueran deditos prismáticos degnomo.

De generación en generación se transmitían aquel aderezo los Neblijar.Luciéronlo sobre su piel las hembras de la estirpesin que ninguna osaracambiar los engarces y disposición de las piedras. Por mucho entró en susrespetos el orgullo. Acrecíacon la antigüedadel mérito y valor de laalhaja; amén de estocon ella se atestiguaba y se revivía la hazaña por quevino a poder de los duques.

*


Fué siglos atrása principios del XVIcuando Alfonsoduque de Neblijarnavegabacapitaneando una galeraen busca de los musulmanes piratas.

Era experto marino y temible guerreador el duque. Muchos barcos infielesechó a pique con la proa de su galera. Espanto ponía su nombre a los arraecesde Stambul y de Túnez.

Cierta nocheen que la galera ducal surcaba los africanos maresa losreflejos de una luna que con el propio solpor su claridadcompetíavieronlos tripulantes desprenderse de los cantiles de la costa otra galera queavelas desplegadas y a impulsos de favorable vientoenderezó su viaje hacia elbuque cristiano.

-¡El pirata! -dijo uno de los cabos- en tanto corría otro en aviso delduque.

De un salto ganó éste los escalones de su cámara; de otro se halló sobrecubierta. Asunto breve fué disponer la galera para el encuentro.

Los marineros gatearon palos arribaprontos a toda maniobra; apretaron loscautivos sus puños contra el mango del remoponiendo ojos y oídos a losmandamientos del cómitre; previniéronse las bombardas; dieron los arcabucerosalimento a sus mechas; apercibiéronse los abordadoreshacha en puño ycuchillo en cinto; encordáronse ganchos y arponesy el pendón real flotó apopamientras ascendía por el palo mayor una bandera azuldonde campeaba elescudo de los Neblijar.

-Como no me engañen mis ojos (y no es fácil que lo hagan cuando miran haciala mar) -exclamó un marinero viejo- esa galera es la de Ben-Alíel piratamás cruel y más bravo que parieron los cubiles de Túnez.

-¿Ben-Alídicesmarinero? -repuso el de Neblijar.- ¡Ojalá no teengañes! Desde que salimos de Cádizsólo un miedo me sacudía el alma: notoparme con ese tiburónde que tanto alardea el Bey.

-Veremos -añadió- si pierde el tiburón los dientes al clavarlos en migalera. Juro por mi Dios y mi Rey que antes del alba ese perro o yo tendremos desepultura el mar.

-Cuéntase -añadió el marinero- que el pirata no es tunecino; indio es. Supadreun mago de aquellas lejaníasarribó a las playas de Túnezen fuga opor mandamiento del demonio; no está ello bien sabido. Lo cierto es que el Beyle nombró su visiry que el hijo del mago criósetal que un príncipeen elalcázar. Siguen contando quecuando ya hombrese hizo Ben-Alí para el maral gobierno de una galeradióle el mago por amparadora y por guía a una diosadel país de los indios -la diosa del mal dicen que es- para que guardara alpatróny en toda pelea contra olas u hombres le sacara triunfante. Añaden quela imagen es negray que su cuerpototalmente desnudoestá adornado concollaresajorcas y arracadas de finísima pedrería. Ciñe su cabeza una coronade lucerosy sus ojos bullen en las órbitas como si fuesen vivos: cosa deencantamento. Un cautivo escapado de Túnez me refirió la historiajurándomepor JesúsCristo y Salvador nuestroquecuando Ben-Alí embistió al barcodonde el cautivo navegabala diosa negra entró al abordajeesgrimiendo unhachaen cuyo filo las gotas de sangre se cuajaban como rubís.

-El miedo obscureció el magín al cautivo -interrumpió Neblijar.- A fe-prosiguió- que si hay tal diosa y usa joyas tan ricasno será mal botíncuando apresemos la galera. Si es criatura demoníaca o de encantamentocon lacruz de mi espada sobra a destruir el encanto y mandar al diablo a su infierno:Y finen las consejas y vaya al aireaunque no esté el infiel a tiroel primerbombardazo. Sea esta pólvora la única nuestra que hoy se desperdicie.

Mientras sonaba el cañonazoy su humo se perdía en la atmósferaagregóel marinero:

-Más contó el cautivo: en el pedestal de la estatua -los ojos del cautivoleyeronla- hay esta arábiga inscripción: «¡Ay de quien ose a mí! En él oen los suyosa través de los minutos que representa una horao de los siglosque cuentan sus minutos por añosKalí se vengará».

-Quemaré a la diosa cuando entre en la galera -interrumpió el duque.- Porlo que hace a sus esmeraldasde joyel pondré una en mi sombrerodejando lasrestantes para lujo de las mujeres de mi estirpe. Ahora cada cual a su puesto;yo al míoy Dios y la mar con nosotros.

Con ellos fué después de recio y empeñado combate.

Al frente de los suyos entró al abordaje Neblijar en la tunecina galera. Decara embistió al arraezquecubierto de heridas y esgrimiendo un hachatintaen sangre hasta el regatónfué al encuentro del duque. En torno de ambosjefes se acometían los más bravos.

Solo yaentre un montón de muertosBen-Alí retrocedió despaciodandorostro al duque y a los que junto a él peleaban. Dejando un cadáver en cadaescalón de su cámarallegó al centro de ella y se apoyópara no caerenel pedestal de una estatua quetallada en ébanopresidía el recinto.

Era horrible su gesto.

Su bocasimulada por dos coralesmostrabacontrayéndoseel marfil deunos dientes agudosprontos a desgarrar. Su mano izquierda avanzaba desafiadorablandiendo un haz de víboras; crispábase la derecha en garfio sobre uno de lossenos; hasta ellos descolgaba un collar de esmeraldas. Las arracadas caíantemblantes desde unas orejas minúsculas; a piernas y brazos se ceñían lasajorcas de ororematadas por cabezas triangulares de reptil. La diadema eranido de sierpes: tales parecíanretorciéndose en espiral sobre ellalosrizos del pelo.

Los ojos de la estatua eran verdes. A la luz do una lámparaardiente bajoel techoaquellos ojos fosforeaban espectrales.

Cuando el arraezacorralado y desangrándosese apoyó contra el pedestallos ojos verdes centellearonrevolviéndose furiosos en la órbita.

El espectáculo hizo retroceder hasta a los más bravos compañeros del duque.

-Aunque el diablo mismo te ayude -gritó el prócer a Ben-Alí- a golpe demi hierro caerás.

-¡Guárdate del mío! respondió el arraez.

Y volteando a todo brazo su hachala despidió contra Neblijar.

Ladeó éste el cuello para evitar el filo del arma queen su viajelellevó media orejayavanzando hacia su enemigole envainó la espada en elPecho.

Cayó el arraez; quedaron inmóviles las pupilas de la diosafalto ya dejuego el resorteque girar las hacíay el moribundoclavando las suyas en elduquemurmurócon voz ahogada por la sangre:

-En ti o en los tuyosella se vengará.

Vueltos los ojos a Kalí expiró el arraez.

Al fondo del mar fué la estatuajuntamente con la tunecina galera. No asílas alhajasqueprevios exorcismos y agua benditase convirtieron en galas dela casa ducal y en testimonio palpable de una famosa acción.

- II -

De labios de la duquesa viuda recogió Leonor la historia de las esmeraldascuando la anciana la entregó el aderezono como regalocomo atributo de lasoberanía ducalquedesde aquel instanterenunciaba en la esposa de su hijo.

-La tradición afirma -dijo la viuda a su nuera- que este aderezo es obrademoníaca; añade quesegún promesa vengativa del arraezalgún día tomaráKalíen un Neblijardesquite del ultraje que otro Neblijar le infirió. Hastael presente no se ha cumplido la amenaza. Bien es cierto que todas las Neblijarceñidoras de estas alhajashan cumplido lealmente sus obligaciones de hijasde esposas y de madres. De suerte que el demonio no tuvo por dónde clavarleslas uñas. Tú has de imitar (si no las superas) a esas damas ycomo hasta hoyel demonio tradicional quedará con cuarta y media de narices. Lucesin recelolas joyas y honra la corona queno ellastu virtud y el amor de mi Alfonsoponen sobre tu cabeza gentil.

Mejor atendía al brillo de las esmeraldas que al discurso la joven. Noobstó ello para que rodeara con sus brazos el talle de la anciana y estamparasobre su frente un ósculomás ruidoso que prieto.

-¡Graciasseñora! -dijo.- Nunca vi piedras que a éstas pudieran igualarse.¡Qué bien hacen! -siguió colocando sobre sus cabellos la diadema ycontemplándose al espejo.- Relumbran como estrellas. De nocheal reflejo delas luces eléctricashan de ser maravilla.

-¿Por qué no probarlo ahora mismo? -monologó la jovenapenas despidió ala duquesa.- Pronto se cierran los balcones. En corriendo el cerrojono habráquien sorprenda mi vanidad. ¡A ello! Voy a dejar corrida a la diosa negra delpirata.

Al evocar esta memoriavínole antojo a Leonor de reproducirfrente a suespejola imagen de Kalí.

Tal y como lo pensólo hizo.

Corrió el cerrojo a la puerta del gabinete; amontonó frente al espejo unoscojines árabes; cerró las maderas del balcón; embrazó el aderezoy entrandoen su alcobacomenzó a desnudarse a obscuras. A obscurastambiénse ciñólas alhajas.

Desde los cojines se alcanzaba a la llave de la eléctrica luz; a ellossubió Leonor de un salto; dió vuelta a la llavey su imagentotalmentedesnudase reflejó contra el espejo.

Estatua de nogal parecíacon su carne morenadonde la luz proyectabasombras áureas. Hermoso era su cuerpocon la diadema de esmeraldas ceñida alas sienes; la garganta rodeada por el espléndido collar; los cairelesdescolgando por los remates de la oreja y los reptiles de orolas culebrillasde ojos verdesretorciéndose en espiral sobre la garganta de las piernas y lasredondeces del brazo.

Bella era la criatura que reproducía el espejo. Tan bella como horrible laque se ofreció a Alfonsoduque de Neblijaren la cámara del pirata.

Ysin embargocuando Leonor evocando a Kalí tomó su actitudcuandoadelantó el brazo diestro y crispó el siniestro contra los pechos duros ydesordenó sobre la diadema sus rizos y contrajo su boca para enseñar losdientesy frunció el entrecejo para dar fiereza a sus ojosalgo había enella de retador y demoníaco.

-¡Qué locura! -exclamó.- ¡Si me vieran!...

Saltó de los cojinesapagó las luces eléctricas y fué a tientas hacia sualcoba.

Un escalofrío erizaba su piel.

- III -

Celebróse la boda en la capilla del palacio ducaly bendijo a los novios elpatriarca de las Indias. Padrinos fueron la madre del novio y un infante deEspaña; testigos los más altos personajes de la patria nobleza.

Acompañó el órgano la bendición patriarcal; sirvióse un espléndido lunchen el comedor: cambió Leonorpor uno de viajesu atavío de novia;imitóla Alfonsoydespedidos por invitados y parientesganaron un lujosoautomóvilhaciendo camino a las posesiones queinmediatas a Córdobapregonaban la riqueza del duque.

No quiso éste zarandear su nupcia por capitales extranjeras. Tiempo habríamás tardede recorrerlas todas y aun de ir mar adentro en un yachtquemeciéndose sobre aguas gaditanasaguardaba órdenes de su aristocráticoarmador.

Al presentepara desflorar sus amoresnada comparable a un vergel andaluz.

Sin estorbo de curiosos impertinentesrecorrerían senderos y alamedas; enlas noches de lunaa su pálido resplandor; en las noches clarasal reflejo delas estrellas; en las obscurasenvueltos por la sombrallevaríancomo losciegosen el tacto los ojos.

Irían al bosque en las horas de sol para recogerlocernido por las hojasyenvolverse en las caricias de su luz. El bosque tiene camarines acolchados conrosas; en ellosla hierba es tapiz y orquesta los pájaros.

Al caer la tarde navegarían por el río. Él bogaría lentamente;hablaríale ella con la voz o con las pupilas. Al llegar donde losprietos juncos son varitas de hada que a los amadores ocultanse alzaríansobre los asientos del botecogidos por los tallesy recogerían en losfrunces de un beso el adiós último del sol...

Así pensaba el duquehombre de treinta años que había recorridoen sucarrera diplomáticalas grandes ciudades del mundoyharto ya de vivirlasiba indiferente por ellascomo va por un caminosea éste cual fuerequien adiario lo recorre.

Ello apartey también aparte el hondo afecto que le inspiraba Leonorhabía en el duquepara poetizar sus amores con la soledad campesinaotracausa.

Con el noviazgo despertóse en Neblijar el alma recelosa de sus abuelos.Amaron aquellos varonesescondiendo a sus hembras del ajeno mirarconsuspicacias y hurañecesdonde se fundían el católico y mahometano que losantiguos duques llevaban disuelto en la sangrecomo los llevaban todos losespañoles de entonces y los llevan casi todos los de hoy.

Al igual de monjas en clausuravivían antaño las esposas de los Neblijarmientras ellos guerreaban con los infielesganaban imperios en Américaacuchillaban protestantes en los Países Bajoscatólicos en Roma y piratas enlas aguas de Argel. Sin ser vistas de nadiepaseaban por sus jardines; tansólo abrían sus balcones y asomaban a ellos para recibir a los duques cuandotornaban de la guerracon la espada roja de sangre hasta la guarnición.

No cambiaba muchocon el retorno de sus hombresla existencia de estasmujeres. Ni aun para satisfacer vanidades gustaban de exhibirlas.

Por no hacer desacato al monarcalas llevaban a su palacio en los días deceremonia; por no desacatar al cielopermitíanlas acudir a la iglesia con ellargo manto ceñidola dueña a la vera y el rodrigón detrás.

Bien comprendía el duque actual que eran los tiempos otros. A ellos estabadispuesto a acomodarsesólo que lo más tarde posible.

Al presentenecesitaba disfrutar el cariño de Leonor teniendo a laNaturaleza por testigo único de su dicha.

¡La Naturaleza!... Leonor estaba harta de contemplarla.

Hasta dos años antes de su boda habitó en un pueblo andaluzdonde suspadresaristócratas empobrecidosse recluyeron para esconder su ruina y nomalbaratar los restos de una hacienda quesi en el villorrio les permitíavivir con desahogoen Madrid les hubiera traído a miseriascuanto másocultas más crueles.

Ahorrandopeseta a pesetaunos mileshabitaron quince años en elantipático lugarón los Pérez de Carmona. Tenía por objeto su ahorro pasaruna larga temporada en la Corte cuando Leonor fuera moza; volver a codearse conlas antiguas relaciones y buscar novio a la doncellaque desde niña eraprodigio de hermosura y de gracia.

Perteneciendo los Pérez de Carmona a empingorotado linajey siendo portentode beldad su herederamala suerte habrían si no tropezaban en Madrid con noviode pura cepa y gran caudal.

No vieron los viejos defraudadas sus esperanzas.

Alfonso de Quirós fué presentadoen un baile de la Embajada inglesaa laencantadora andaluza; quedó prendado de ellay al año del conocimientobendijo a los amantes el Patriarca de las Indias.

Aun siendo muy altas las aspiraciones matrimoniales que trajeron a Madrid losPérez de Carmonalas sobrepujó el enlace de Leonor con Alfonso Neblijar.Arrancaba su árbol genealógico de la Reconquista; por sus venas corría sangrede héroes y de reyes; eran: su caudalpingüe; su personagallarda;caballeroso su carácter; su entendimientoclaro.

Satisfechos estaban los padres con el marido que tocó a su hija en suerte;satisfecha ellapor lo que hace a prendas heráldicaseconómicaspersonaleso intelectuales de su Alfonso. Lo que ni poco ni mucho le agradaba era pasar laluna de miel en el campo.

Desde los tres a diez y siete años residió en la campiña. ¿No sobraba conellos? Claro que durante su estancia en Madrid disfrutó de cuantas diversionespuede ofrecer la Corte; pero¿qué significaba Madrid comparado con Paríscon Londrescon las grandes capitales del mundo? A másde soltera no esposible vivir la vida de alta sociedad como las casadas la viven.

Sueño y esperanza fueron de su noviazgo los cuadros fastuosos que dibujabacon su imaginaciónpara hacerlos realidades cuando fuerapor matrimonioduquesa de Neblijar; por la estirpe y caudal de su esposoreina de ladistinción y del lujo; reina de belleza en corte de beldadespor fuero natural.

Abriría los salones de su palacio a sus amigas y mataría de envidia a susrivales; impondría la moda con sus tocados y sus trenes; deslumbrarla con susesplendideces a las grandes damas d las extranjeras ciudades; recorrería losmares en su yachtlos caminos en su automóvil; triunfaría en losbalnearios al llegar la estación veraniega. ¡El campo! Bueno estaba para una odos semanas dedicadas a los placeres cinegéticos; pero de esto a convertirlo enresidencia indefinida mediaba gran distancia: la que va de la diversión alaburrimiento.

Porque Leonor se aburría en aquella luna de miel aldeana.

-¡Y tan aldeana! -pensaba la duquesa.- Dando al confort delado-añadía- ¿en qué me diferencio de la hija del aperador del cortijoquees recién casada también?

Discurriendo así no es extraño quea los quince días de estancia en susposesiones de Córdobase le saliera el aburrimiento por los ojos y sereflejara en todas sus palabras y acciones.

Alfonso no tardó en enterarseya fuer de hombre avisadopuso al dañoinmediato remedio. Malo es que el hastío de los lugares donde habita se adueñede una hembra. De prólogo sirven tales hastíos a otros más difíciles devencer.

Después de todo -murmuraba el duque a sus solas- no es suya la culpa. Lo esde mi egoísmo. Pájaro con las alas rendidasquise imponer quietud yaislamiento a otro pájaro recién salido del nidal. Necio anduve. DisfruteLeonor de su juventud y acompáñela yo en su triunfo. Al fin y a la postre paraadorarse es bueno cualquier sitio.

Al día siguiente tomaron marido y mujer la carretera que conduce a la Corte.Al finalizar la semana estaban en París.

- IV -

Un año pasaron los duques recorriendo las grandes capitales de Europa.Durante él hicieron también una excursión a los Estados Unidos de Américaabordo del yacht que el duque capitaneaba como experto marino. No en baldedescendía de aquel capitán que en los tiempos de Carlos V echó a pique lagalera de Ben-Alí.

Admiración de todos fué la gentilísima duquesa durante sus viajes; encantode todospor su trato exquisitoel duque.

Al año de ausencia regresó a Madrid Leonorinstalándose definitivamenteen su palacioquepor orden de Alfonsohabía sufrido todas las innovacionesy reparaciones necesarias a ser primera entro las viviendas de su índole.

Se inauguraron las fiestas en el histórico caserón con un baile que hizoépoca en la historia del madrileño lujo. Concurrieron al baile los mássignificados personajesque en políticacienciasartessangre y dinerodecoraban la villa; y fué tal nochepara Leonorde felicidad y de triunfos.

En ella le presentaron al conde de Nuévalosapuesto mozo de veinticinco aveintiséis añosque traía con sus arrestos y locuras revolucionado al mundoelegante.

Tres o cuatro duelosen que tuvo la suerte de matar o herir al adversariole consagraban de valiente; unas cuantas hembras de famaa sus pretensionesamorosas rendidasde conquistador irresistible; posturas enormes en eljuegoperdidas y ganadas sin pestañear; billetes arrojadossin contarlosdesu carterapara esta orgía para aquella aventuraproclamaban su esplendidez;el mejor sastre de Madridsu elegancia; los más rebeldes potrossuscondiciones de centauro; matchs de esgrima y disparos certeros encacerías y tiros de pistolade esportista famosoavalorado en créditopor excursiones locashechas a giro de automóvil y a aletazo de aeroplano. UnDon Juanen fincon todos los requisitos y menesteres propios a ostentar laherencia del legendario personaje.

Como éltenía falta absoluta de conciencia y voluntad propia a cualesquierbellaqueríapor grande que ella fuese.

Este rey de la galanteríadel valor y la moda fué muy simpático a laduquesa de Noblijar. Por fuerza se lo había de sersiendo ella reina en reinosafines.

Seguro de la impresión causaday comprendiendo que tal dama constituía unagran presacomenzó el galán a requerirla sabiamente de amoresponiendo allogro de la empresa toda su habilidadsu astucia y su práctica en mujeriegoslances.

Claro que a nadiesino a elladejó traslucir sus pretensiones; aun conellafué cauto y parsimonioso en los ataques. Era primeriza y no conveníaasustarla. Necesitaba dejar que madurase el frutosin perjuicio de ayudarle acaer.

El duquecomisionado por el Gobierno para una importante misiónqueduraría cuatro o cinco meseshubo de abandonar con gran prisa Madrid.

Fernando (así se llamaba el de Nuévalos)no transcurridos todavía dosmeses de la ausencia del duqueobtuvo de Leonor la promesa de visitarle encierta casita quepara este género de lanceshabía el Don Juan arrendado encallesi extraviadacéntrica.

Dejando su automóvil a la puerta principal de un temploque alza sus murossobre hermosa y popular víaescapó Leonor por la puerta falsa; hizo seña aun coche de puntodióle las del sitio designado para la citay a él llegóa poco ratoal trote cansino de un jamelgo.

Ocultando con el manguito el rostroatravesó el portalque muy al fondotras una escalerilla de cuatro peldañostenía el guardián cuchitril. Fuéeste alejamiento tomado muy en cuenta por el calavera inquilino. Así evitabansus visitas ser fiscalizadas de cerca. La luz esclarecedora del portal eraopaca. Bajo ella pasó Leonor en imagen confusa; subió a tropezones la escaleray llamó temblando a la puerta.

Abrió Nuévalos en persona.

Sin palabrasapretando con sus dos manos las trémulas de la duquesalacondujopor un corredor alfombrado y obscurohasta un gabinetito octógonosobre cuyos balcones caíanocultándolosdos tapices.

Un tercer tapizcopia del sensual Rubensbajaba del techo en el fondo delgabinete. Éstesuavemisteriosamente alumbrado por una lámpara de cristalambarinoteníaa la izquierdauna mesitadonde humeaba la cafetera para eltey descollaban dos tazas y un azucarero de Sèvresuna anforilla de oro ycuatro copas de bohemio cristal. Como ellas era el jarro del agua.

Varias sillas de ancho asiento y cómodo respaldo se apoyaban en las paredes;dos butacas sobresalían a un lado y otro de la mesa. Frente a ésta velase undivány a sus pies una piel de bisonte.

Hasta el diván condujo Fernando a Leonor. Dulcementela hizo sentarmientras élcayendo de rodillasbesaba los enguantados dedos de la bella.

-¡Gracias! -murmuró con tímido acento.- ¡Graciasvida mía! Mi vidaentera es nada para pagar este minuto.

Hubo una pausa. Durante ellael galán quitó las agujas que sujetaban elsombrero a la cabeza de la dama; púsolo en una sillae imprimiendo su boca enel hueco de los guantesque dejaba la carne librefué desabrochándolosbotón a botón.

-¡Qué locura! -suspiró la duquesa.- ¡Déjeme usted salir! -añadiólevantándoseen un arranque de pudor y de miedo.

-¡Irte! -repuso el condehaciéndola sentar y rodeándola con sus brazos.-¡No! ¡No te vas! ¡No te irás sin que antes me juresme pruebes la verdad detu amorpor y para el cual vivo desde la primera vez que puse en ti los ojos!

-¡Probártelo!... ¿Quieres mejor prueba que mi presencia aquí?

Y Leonoratraída por Fernandoapoyó la cabeza en su hombro.

Fernandooprimiendo la gentil cintura de la damabesando la hermosa frenteque sobre su pecho desfallecíaalzóse del diván con estudiada lentitudcasiteniendo a la joven suspendida en el aire.

De este mododespaciosin que se oyera el ruido de sus pies en la alfombracruzó el gabinetey llegando junto al tapiz lo alzó sobre el grupo que él yla duquesa formaban.

Por bajo de sus pliegues pasarony de golpe cayó el tapizdonde un amoraleteaba sobre un desnudo maravilloso de mujer.

- V -

El conde era un caballero de industriaarropado con una ejecutoria.

Derrochó prontamente en juegogalanteos y orgías la pingüe herencia quele transmitieron sus padrese inútil para todo trabajoincapaz de avenirsecon la pobrezaacudía a las más ruines artimañasa fin de sosteneraparentemente su rango.

Ayudábanle al logro de la empresa su buena fortuna en el juegoel miedo quesu bravura imponía a los acreedoresel señuelo de sus títulos nobiliariosymás que nadala sugestión que ejercía sobre las hembras.

Fernando era maestro en rendirlasen ponerlas a su merced; no tanto lohacía por disfrutar de ellascomo por tenerlas propicias a sus explotaciones.De ahí que sus queridas fueran siempre damas adineradas.

En brazos de este hombre había caído Leonor. Y fué lo más malo para ellaque la vanidadde una parte; de otrael dominio que sobre su carne ejercía elbuen mozola esclavizaban a él. Hallaba en él lo que en su chulo las perdidasde baja condición: un lujo y un amo.

Más de una vez había acudido ya Nuévalos a la duquesa para salir de apuros.Al principio se los comunicaba indirectamenteen forma tal quesin éldemandarloella acudiera a su remediopor unas horas o unos díaslosmenester a que reuniera fondos el galán y reintegrase a su amada del anticipo.

Sólo así aceptaba Fernando esta clase de préstamos. Es de consignar quelas tres o cuatro primeras veces devolvió pronto los anticipos que le hizo laduquesaacompañándolos con regalos quepara no ser atribuidos a pago deinteresesapenas tenían valor.

Así obraba al principio. Despuésseguro de que la Neblijar sentía haciaél invencible pasiónidéntica a la que sienten el alcohólico y elmorfinómano por el veneno que les matasuprimió las ficcionespresentándosetal como era.

-¿Me quieres para ti solapor siempresin regateos de placer? Sostenmesolo y siempre y sin regateos de dinero. Soy un amante caroverdad: para esoeres rica. A nada te obligo; pero cuenta quesi no renuncias a míte has deobligar a todo.

Este fué el ultimátumpresentadono escuetamenteen forma diplomáticaal uso cortés de esas cancillerías quecuando desbalijan a un pueblopareceque le hacen un favor.

La duquesa se sometió. ¡Qué someterse! Le envanecía ser quien sostuvierala vida fastuosa del buen mozo; quien le acorriera en el pago de sus trampas decluben sus angustias de prócer sin recursosprecisando de aparentarlosparaactuar de hombre a la modade rey de la varonía aristocrática.

Al cabo Neblijarantes del matrimonioreconoció a su esposa una rentavitalicia de diez mil durosinscrita a su nombre en tal formaque Leonorpodía usufructuarlasin rendir cuentas de ninguna índole legal. Dicho seestá queextralegalmentenunca las exigióni las exigiría el duque.

Bien podía Leonor cercenar a sus padresen beneficio de Fernandolacuantiosa parte que de aquella renta percibían los viejos Pérez de Carmonapara darse en el lugarón andaluz humos de feudales señores.

-¡Que se aguanten! de sobra habían con las fincas que el duque les entregódesempeñadas o readquiridas. ¿Para qué necesitaban más? ¡Dos carcamalesllenos de goterasque el día menos pensado darían en el cementerio degolpe!... ¿No era mejor que los diez mil duros fueran a manos de su amantedelhombre a quien envidiaban todos los sportsman de Madrid y por quien sepirraban todas las damas del gran mundo?

¡Poco gozaba la duquesa cuandoen el paseoen las carrerasen los teatrosen los bailes y recepcionesveía a su amante rigiendo el freno de soberbioscaballos o el guía de magníficos automóviles; distinguiéndose entre losdemás por la elegancia de sus ropaspor el buen gusto y riqueza de sus alhajaspor la gallarda varonía de su actitud! ¿Qué satisfacción comparable a la desaber que todo aquel fausto provenía de ellay quepor tal causael buenmozoque era su dueñoera también su esclavo?

Nada le importabaen trueque de estas satisfaccionestener empeñada surenta personaldonde mordían tres o cuatro usureros; nada entramparse conmodistos y mercaderes; nada acudir al viejo administrador de la casa enrequerimiento de sumascuyo empleo no tenía racional justificación.

Y cuenta que algunas veces el atolladero fué mayúsculola responsabilidadgrave.

Cuando los aprietos serios llegabansentíase más brava y orgullosa. Leocurría lo que a los caballos de sangre al sentir sus flancos desgarrados porla espuela del jinete que los domina: espumeadoressangrantesmás firmesbracean y yerguen el cuello y sacuden la crin.

Llegó una ocasión en que los usuales expedientes no bastaron a lasexigencias del conde.

Según élhabía que acudirdentro de las veinticuatro horasal pago deuna deuda de juegocontraída la noche anterior en el club. ¡Floja era ladeuda!... ¡Cincuenta mil duros cabales!... Precisaba satisfacerla en el plazo«de honor»so pena de verse inscripto en la tablilla de tramposos y serexpulsado del círculo. ¡La ruinael desastre totalpara decirlo pronto!

-¿Qué hacer? ¿Qué hacer? -exclamabacon trágico acentoLeonormientras recorríade uno a otro ánguloel gabinete del galán.

-¡Horrible!... ¡Horrible!...-decía éstedirigiendo al espacio miradasrencorosas.

-¡Hora maldita -continuaba-l a en que me arrimé a la mesa de bacarrat!Si no fuera tan perentorio el plazono habría temor alguno de mi parte. No mehubiese acercado a ticontándote mi angustiapidiéndote que me ayudarastrayendo lágrimas a tus ojosque sólo el deleite tiene derecho a humedecer.

-¡Fernando!...

-¡Soy muy desgraciado!... Quince díasno más quince días de plazoyconflicto resuelto. Aunque en hipotecamis fincas valen el doble de la suma.Malo fuera no hallar prestamista que se llevaracomo en saldopor lasdoscientas cincuenta mil pesetasesas fincas y otros valores que poseo.Veinticuatro horas no dejan tiempo a nada. ¡Horrible!... ¡Horrible!... -lorepito.- Es para coger un revólver...

-¡Calla! ¡No hables así! Hallaremos algún arbitrio que nos saquedelahogo -sollozó la duquesasentándose frente a su amante. ¡Sí pudiera yoreunir los cincuenta mil duroscomo hacen falta de momento!... Mi rentapersonal está empeñada y requetempeñada. Ademásesto requiere días. ¡Pedirlos cincuenta mil duros al administrador de Alfonso!... No me los negaría pero¿cómo justificar ante mi marido la inversión de tal suma?... Claro quereuniendo las mejores alhajaspodríamos obtener la cifra. Sólo que misconocimientos tienen costumbre de verme con esas alhajas casicasi a diario. ¿Quépretexto para convencer de su desaparición a los murmuradores? ¡Así como asíno es nuestra gente suspicaz!

-Dices bien. Fuera dar margen a sospechas que nos pondrían en ridículo.Nuestros amores no son ningún secreto; quién menosquién más los tienedescontados. Mi pérdida del club no es ningún secreto tampoco. Si coinciden elpago de mi deuda y la desaparición de tus alhajasexcuso decir quetrasperjudicartemi descrédito será igual. Si entre tus joyas hubiese alguna degran precioque lucieras sólo en los casos extraordinarios... A todo tirarson dos meses lo que tardo en hacerme con fondos. Más tardará el duque envolver de su viaje a las tierras mahometanas. Casualidad sería que en esos dosmeses necesitaras ostentar una joya de semejante condición. Si poseyeras unaasí...

-La poseo.

-¿Qué?

-Pero son alhajas hereditarias. Como si dijéramoslas alhajas de la Corona.

-¿Las esmeraldas del pirata?

-Las mismas; ya conoces su tradición.

-Y su mérito. Las llevabas puestasnoches después de conocernosen larecepción de Palacio. Estuve muy cerca de ti entonces y tuve que enterarme delvalor de las joyas. Descansaban sobre tu carneyo no quité de ella los ojos. Ano dudarloesas esmeraldas nos sacaban de apuros. Ahoraque ni puedoni deboimponerte sacrificio tamaño.

-¡Fernando!...

-La joya...

-¡Te quieres callar! ¡Es tu famaacaso tu vida la que corre peligro!... ¿Dicesque no transcurrirán dos meses sin qué te halles en condiciones de hacerfrente a la situación?

-Lo aseguro.

-Entonces ¡empeñemos las alhajas de la Corona!

-¡Leonor!...

-Lo que necesitamos-dijo éstaluego de una pausadesasiéndose de losbrazos de Nuévalos- es buscar un prestamista de gran discreción y de absolutaconfianza.

-Descuida. Uno hayhecho de encargo para este género de asuntos: donAgapito Regúlez. ¡El famosoel multimillonarioel gordinflón don Agapito!Debes conocerle.

-¿Quién? ¡Yo!...

-No falta una tarde al paseo de coches. Le verás siemprearrellanado en su«victoria»que arrastran dos caballos magníficos; con las gafas resbalando alo largo de la nariz; el abdomen sobresalientecomo un globo; la mano izquierdallena de sortijonessubiendo y bajandodesde el bigoteque retuercehastalos anteojosque afianza. La mano diestra juega con los dijes de un cadenón...

-¡Ya sé de quién hablas!... ¡Repugnante animal! Es una invitación alvómito. Por ciertoque se permite hacerme el amor.

-¿A ti?

-Al menossus pupilas de buho quieren indicármelotras los cristales delas gafas. ¡Poco tengo reído de él!...

-Es nuestro hombre. Mudo como la esfinge. El mejor para el caso.

-Ahora mismo voy a mi casa por las esmeraldas. Vuelvo aquí con ellas y selas llevas al judío.

- VI -

Transcurrido iba un mes desde el empeño de las esmeraldasy el conde nollevaba trazas de acudircon sus propios recursosa la solución del conflicto.

A creerlesus asuntos estaban en vías fáciles de arreglo. Sólo faltabanalgunos requisitos y trámites legales que no era posible acelerar:Certificaciones del Registroescritos del notarioautorizaciones del juez...Los obstáculos curialescos de siempre.

Pero Leonor no debla sentir temores. ¡Cuando él lo afirmaba!... ¡Pronto severían libres del usurero! ¡Pronto volvería el aderezo a la arquillatradicionaldonde campabasobre repujados primorososel escudo de losNeblijar!

Pasaron los díasy con los díaslas semanassin hacerse realidades laspromesas de Nuévalos. En cambioLeonorveía todas las tardes a don Agapitoen la Castellana y el Retiro. También solía verle en el teatrocosa que antesno ocurrió nunca.

¡Y que no era atrevido el hombre! En el paseo se la comía con sus redondosy amarillos ojos de búho. En el teatro clavaba los gemelos en ella insistenteinsolentementehaciéndole salir los colores al rostro. Hasta una vezduranteel breve tiempo queobligado por una detención de la filase detuvojunto aldel prestamistael carruaje de la aristócratase atrevió el gordinflón adirigirle la palabra.

-Acaso algún día -murmuró- pueda ser a usted útil. Si llega el momentono dude en acudir a mí. Por ustedhermosísima Leonorsoy capaz de todo. Nolo olvide.

Gracias a que la fila siguió su interrumpida marchano hizo añicos susombrilla la dama en las narices del sujeto.

- VII -

Cuando refirió lo ocurrido a Fernandoéste se puso hecho una furia.

-¡Miren el canalla!... Si no fuera porque los tenía entre sus uñaspagaramás altos que él solía llevarloslos intereses de su arresto.Afortunadamentepronto quedaría rescatada la joya. Entonces saldarían todaslas cuentas juntas. No le iba a dejar sano un hueso.

Una tras otrafueronse dos semanasy siguió intacto el esqueleto de D.Agapito; nosegún Fernandopor falta de ganas de rompérseloporque un nuevoimprevisto obstáculoretrasaba la negociación de las fincas.

-En fin-decía Nuévalos¡paciencia!¡un poquito más de paciencia! Aseguida a librarnos de ese bandido ytan a seguidaa romperle yo el alma.

Ni un momentoni otro llegaron.

En cambio llegó una carta del duque de Neblijaranunciando a su esposa eltérmino feliz de las negociaciones que el Gobierno le confiara yporconsiguientesu inmediato retorno a la Corte.

Como loca subió Leonor las escaleras de casa de su amante. A empujones lellevó hacia el interior del gabinete. Sin dar tiempo a preguntasmesándosecon ambas manos los cabellosdesplomándose contra el Galeoto diványgolpeando con sus piececitos la piel de bisonterepetía:

-¡Ahora eres tútúquien tienes que salvarme!... ¡Alfonso viene!¡Viene!... ¿Has oído? ¡Viene!... ¡Si sabesi sospechano más quesospecharestoy para siempre perdida!... ¡Sálvamepor Diossálvame!...

El conde cogió con sus manos las crispadas de Leonorla atrajo dulcementeycon amoroso ademáncon palabrasque dichas bajo eran más persuasivasmurmurócosquilleando con los pelos de su bigote la oreja de la hermosa:

-¡Vamos!... ¡Ten calmacriatura! ¡Domina los nervios!... No es lasituación tan desesperada. Decir que ese hombre vieneno es decir que havenido. Anuncia su vuelta. Del anuncio al arribosiempre cuatro o cinco díastranscurren. Durante ellosmucho se puede hacer. Los imposibles haré yo. ¡Imagina!¡Eadesfrunce el entrecejosécate los ojos y hablemos razonablemente! ¿Notienes confianza en mí?

-La pregunta sobra.

-Entonces estudiemos con tranquilidad el conflicto. Tenemos cuatro o seisdías por delante. De todas suertessu llegada no nos cogerá de sorpresa. Uncablegrama ha de preceder a su viajeanunciándolo. En el viaje se empleancincuenta horas. Si antessegún esperono está solucionado todoseresolverá primero que esas horas terminen.

-¿Lo crees?

-Lo afirmo. Y suponiendo que llegara Noblijary el aderezopor cualquierrazón impensadano estuviera en tus manoses de suponer que tu esposo noregistrará tu guardajoyas a seguida que desocupe las maletas.

-Nunca lo hizo; nunca me dirigió preguntas que con mis alhajas guardaranrelación.


-¡Entonces!... Vete descuidada. En último términosiempre quedaría unrecurso.

-¿Cuál?

-No nos será preciso. Huelga hablar de élpor consiguiente.

- VIII -

Con fuerte abrazo ciñó Neblijar a su esposa al apearse del vagón; tiernofué su diálogo en el automóvil que hasta el palacio les condujo; alegre suentrada en el hogar. Una sombra de tristeza puso en las pupilas del duque laausencia de su madrea quien una leve indisposición impedía abandonar su casaa horas tan mañaneras.

-¿Tiene importancia la indisposición de mamá? -preguntó a LeonorAlfonso.

-Ningunaabsolutamente ninguna; achaques propios a sus años. Si otra cosafuerate lo hubiese escrito sin pérdida de tiempo.

Lo que no decía era quea poco de marcharse el duquecuando los amores deLeonor con Nuévalos comenzaron a hacerse públicosla viuda de Neblijar fuéregateando visitas a su nuerahasta el punto de hacerlo tan sólo aquellasnecesariaslas impuestas por el buen parecer.

-¡Chocheces!-pensaba Leonor.- Además

si algo sabepara ella solita se guardará el disgusto. No es de presumirque vaya a Alfonso con el cuento.

-En cuanto cambie de ropay me dé un baño -dijo el duque- iré a ver a miviejecita. ¿Me acompañarás?

-Con gusto grandesi lo quieres. Ahora queaun siendo quien soypreferiráella abrazarte de solo a solo. En estas circunstanciasa una madre el aire leestorba.

-Como ordenes.

-¡Vamos- exclamó Alfonsoluego de la pausallena por el abrazo que hijoy madre se dieran- vamosmadre míaesa cara no habla de enfermedad!... Algomás pálida te encuentro; pero la salud sigue firme. Aprensiones sin fundamentohan tenido culpa de que no nos abrazásemos en el andén. Deséchalas y teperdonopero con una condición.

-¿Cuál?

-Que vengas a comer con nosotros.

-Hoyno -repuso la anciana.- Otro día cualquieraAlfonso.

-Y éste¿por qué no?

-Porque hoy debes comer sin testigos con ella. Después de una ausencia tanlargatendréis mil cosas que contaros. No os quiero estorbar. Tiempo queda.

-¡Ya es empeño! Sois tú y Leonor los grandeslos únicos amores grandesde mi vida. El deber me aparta por largo tiempo de vosotras; en vosotras piensono másmientras dura la ausencia. Retornomis ojos buscan vuestras dosimágenesreunidasal largo del andén y no te hallan; primera decepción.Invito a mi esposa para que me acompañe a tu casa ycon la excusa de noestorbarnos la entrevistame deja venir solo. Te ruego que nos acompañes estanochey tú tambiéncon pretexto igual de no estorbarnosdesatiendes misúplica. No sois razonables. Por motivos de delicadezaque me atrevo a llamarexcesivame robáis el placer inmenso con que he soñado meses: Unircon unabrazotu cabeza y la de Leonor encima de mi pechopara proclamarmeapretándoos fuerte contra élel más dichoso de los hombres.

Por toda respuestala duquesa viuda cogió entro sus manos la cabeza de suhijo e imprimió en ella un beso.

-Quiere esto decir -murmuró Alfonsopagando con otro el beso recibido- quenos acompañarás esta noche.

-De noche no me deja el médico salir.

-¡Madre!...

-Otro díade verdadotro día.

-No es eso -interrumpió Neblijar.- Para tu negativahay otras razones quetú no quieres revelarme.

-Ninguna.

-Madretú no sabes mentir. Mírame cara a cara y júramepor la memoria demi padreque no hay para tu negativacausa distinta de la que has aducido.

Sin contestarbajó la duquesa los ojos.

-¿Ves cómo la razón es otra? -dijo Alfonso palideciendo.- Algún disgustoalguna de esas insignificantes contrariedades que las mujeresaun las másbuenasaumentáis con vuestra suspicacia. ¿Ha tenido Leonor contigodesatenciones impensadas? ¿Túen arrebato disculpablefuiste con ellainjusta?

La anciana siguió sin responder.

-¿No hablas?-continuó Alfonso.- Entonces es más grave el motivo de turetraimiento. Sea cual fuereno dudes en decirlo -añadió.- Recuerda que entrelos Neblijarni se mienteni se esconde la verdad nunca. Cuando mis abuelosen cumplimiento de deberes que les imponía su nombremarchaban a jugarse lavida por su reypor su Diospor su patriadejaban confiado a las mujeres desu estirpe el hogary con el hogar el sacratísimo depósito del honor de laraza. Esposashermanas y madrestodas lo conservaron íntegro. Todas no. Unasola vezuna solacierta dama enlazada a un Neblijarprofanó este depósito.Fué la madre del agraviado quien descubrió al esposo la infamia. La voz delhonor familiar habló en ella más recio que pudiera hacerlo ninguna.Reverenciado es entre nosotros el nombre de esa mujer heroica.

-Alfonso...

-No sospecho que trances de honra provoquen tu actitud. Perosi así fuerarecuerda que al lado de tus padresdel míoaprendiste a poner la honra de tucasa por encima de todas las consideracionesde todos los respetosde todaslas piedades. No retrocedaspuespor duropor inicuopor vergonzoso que sealo que hayas de decirmehabla. YoAlfonsoduque de Neblijarlo mando.

Al decir estoel prócer se puso con majestad en pie ycruzando los brazosinterrogó imperativamentecon sus altaneras pupilasa la anciana.

También ella se puso en pie. Con mano firme enjugó dos lágrimas quetemblaban entre sus párpados. Después irguió el bustofrunció las cejasenprofunda meditacióny dijotras unos segundos de silencio solemne:

-Bien hablaste. Para los Neblijarantes que nada es el honor; obligaciónprimerasalvarlo o vengarlo. Oye.

El rostro de la duquesa viudade puro pálidosemejaba marfil; unadecisión inquebrantable partíacon arruga hondasu entrecejo.

En aquel momentodesdibujada por la luz confusa del crepúsculocon la tocade negro encaje ceñida a los cabellos blancos; las manos cruzándose sobre latúnica de luto; el busto enhiesto y el gesto de la boca inflexibleevocaba laanciana aquellas viudas de la vieja Castilla quehaciendo una religión delhonoraguardaban años y años a que el infante huérfano se convirtiera enhombrepara poner en su diestra una espada y gritarle:

-Quien nos ultrajó aun está vivo. Tu hora ha llegado. ¡Ve!

IX -

-Cuando la suerte se empeña en contrariarle a unolo hace a maravilla.

Así habló a su esposa Neblijar al regresar a su palacio.

-¿Qué ocurre?

-Después de dar a mi madre un abrazohe ido a presentarme al ministrocomoera de rigor. Necesitaba rendirle cuentasin pérdida de tiempode la misiónque por él me fué encomendada. El señor ministro de Estado so fué anoche decacería al coto de los marqueses de Peñalba. Pero no olvidó con la diversióncazadora que yo llegaba hoy a Madridy que nuestro avistamiento era de todaurgencia. Su secretario particularmuy respetuosa y cortésmenteha tenido laamabilidad de comunicarme que mi entrañable amigo el excelentísimo señor meaguarda esta noche en la finca de los Peñalbadondesin perjuicio de cobrarmañana cuantas piezas queramoscharlaremos de mi expedición y tomaremos losacuerdos a que mis noticias den margen.

-De suerte...

-Ya he dado orden para que preparen el auto. Dentro de media hora a volar poresas carreteras.

-¡Qué fastidio!

-Lo mismo pensé oyendo al señor secretario. ¡Qué remedio! El deber es uncompañero imperioso. Hay que obedecerle aunquecomo ahoranos robe lafelicidad.

-¿Volverás pronto?

-Dos o tres díasa lo sumo. Eavoy a cambiar de ropamientras anuncian lacomida y preparan el automóvil.

Al cabo de una hora salía de su palacio el duquey su automóvil tomaba ladirección de la finca de los de Peñalba.

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La tarde en que regresó el duque del coto de los señores de Peñalbatomaban el te Alfonso y Leonor en un gabinete decorado al uso del siglo XVI.

Presidía la estancia un soberbio lienzo de Tizianorepresentando al famosoduque de Neblijarque echó a pique la galera de Ben-Alí.

Guardaba gran semejanza el duque actual con su ascendiente.

Era idéntico el corte anguloso de la caravirilizado por una aguileñanariz; iguales los ojosde enérgico mirar; firme en uno y en otro el gesto dela boca. Hasta la barbaque los dos llevaban recortada en puntahacía másfiel el parecido.

-El jueves -dijo Alfonsodejando su taza sobre un veladorcito- hay granrecepción en la embajada rusa.

-¿Sí?

-El nuevo ministro está resuelto a deslumbrarnos. No vale decir que lainvitación para nosotros se redactó de las primeras. Aquí la tienes. Latrajeron el mismo día en que fuí al monte de Peñalba. Con las prisas meolvidé de romper el sobre. En finnada hay perdido; queda tiempo para disponerlo necesario a fiesta tan famosa.

-¿Disponer? Ya sabes que esta clase de fiestas nunca me hallan desprevenida.

-Buena ocasión para quecomo siempreluzcas más que otra ningunapor tubelleza y por tu lujo.

-¿Yo?

-Adelantándome a tu gustoafirmo que esa noche eclipsarás las joyas de laprincesa eslava con las esmeraldas del tunecino Ben-Alí.

-¿Qué?...

-Si crees que es preciso limpiarlasllévalas a casa del joyero. Hastaprontoquerida. Voy a chismorrear dos o tres horas en el club.

Y el duquerozando apenas con sus labios la cabellera de su esposadejó elgabinete.

- X -

Apenas vió Leonor atravesar el carruaje de Alfonso por la puerta de supalaciose envolvió en un abrigoy ganando las escaleras de serviciose hizoconducir a casa de Nuévalos en un automóvil de alquiler.

Brevementecomo el caso lo requeríadió conocimiento a Fernando de laterrible situación. Había que salvarla en veinticuatro horas.

-En las mismas que yo te salvé a ti -dijo la duquesa a su amante.

-No tengo los cincuenta mil duros -repuso éste- ni puedo hallarlos en elplazo que fijas; pero existe un medio infaliblesi no de recuperar las alhajasde tenerlas en tu poder el tiempo necesario para que el duque no sospeche.

-¿Cuál es ese medio?

-Recurrir a la generosidad de don Agapito.

-¿Cómo?...

-Tratándose de tino dirá que no. Cítale en cualquier sitio donde nadiepueda tropezar con vosotros. Él acudiráestoy seguro. Le cuentas lo queocurreapelas a su caballerosidady hombre al agua.

-¿Olvidas que ese hombre tiene conmigo pretensiones?...

-No lo olvido; tengo en cuenta para el buen éxito esas pretensiones.

-Y me aconsejas...

-El único camino libre.

Todo el orgullo de su raza resucitó en Leonor momentáneamente. Crispadoslos puñosdespectivo el gestodespótico el miraravanzó hacia el condegritando:

-¡Eres un perfecto canalla!

-¡Canalla!... ¡Canalla!... ¡Todas las mujeres sois iguales!... Cuandoestá uno a punto de ahogarse no mira si es de un bandido o de un santo la manoque se extiende hacia élofreciendo la salvación. La moral y la dignidad sondos cosas muy relativas.

-¡Fernando!...

-Déjate de romanticismos! Cuando los hechos sonson. ¿A qué discutirlos orecusarlos? Yo no puedo reunir el dinero para desempeñar las maldecidasesmeraldas; tú no puedes reunirlo tampoco. El baile es el jueves. Si antes deesa fecha no está el aderezo en tu podertu honratu créditotu posiciónsocial y tu bienestar materialconcluyen de un golpe. El duque de Neblijar nopertenece al número de los maridos que perdonan. ¿Quién puede evitar lacatástrofe? Don Agapito. No hay más que él. Si hablo de recurrir a élesporque no hay más que él.

-¿Olvidas lo que recurrir a él supone?

-No.

-¿Y eres tú¡tú!quien me aconseja una entrevista con ese hombre?...

-¿Crees que aconsejártela no me desespera?... Pues¿qué? ¿Hago pocoinmolando mi amor propiomi pasión por tipara librarte de un público eirreparable deshonor?... Sacrificio por sacrificiomayor es el mío que eltuyo.

-¡Mayor!...

-Símayor. Imaginas quea ser ello posibleno te dijera yo ahora mismo:«¡Adelante! Todo primero que pechar ante el prestamista. Rompe los lazos derespeto y consideración que te unen a Alfonsoy huyamos juntosarrastrandotodas las consecuencias: túla deshonra; yoel encuentro de cara a cara conel duque».

-¡Si lo hiciéramos!...

-No es posible. A poco esfuerzo reflexivo verás que no es posible. ¿Dóndevamos a ir por el mundoyo arruinadotú perdidos el rango y el caudal? Lamiseria por exclusivo porvenir. La miseria es para nosotros el ridículo y laignominia; más ignominia y más ridículo del que pueda significar tuentrevista con el repugnante usurero. Casos de esta naturaleza soncomo te dijeantescasos de vida o muerte. No vale indignarse. Es preciso escoger.

Leonortrémulaclavándose en las palmas de las manos las uñasmordiéndose los labios hasta hacer de ellos brotar sangrese dejó caer contrael diván y prorrumpió en sollozos.

El condeen piefruncidas las cejasesperaba.

Mucho tardó la Pérez de Carmona en recobrar la serenidad.

Al finenjugándose con rabia los ojosmurmuró secamente:

-Está bien.

Fué hacia el escritorioescribió algunas líneas sobre un plieguecillo depapelcerró el sobre ydejándole encima de la mesahabló así:

-Ahí tienes la carta. Si quieresla puedes enviar. Ten por seguro que yo nofaltará a la cita.

- XI -

Los nubarrones que durante la mañana entoldaban el cielodescompusiéronseal llegar la tarde en menudos copos de nieve.

Fueron éstos cubriendo árboles y edificiospaseos y calles. En losúltimos era la nieve como una alfombra de tisú; en los primeroscomo unsudario o como un mosaico de nácares.

En la carretera que cruza La Bombilla reinaba completa soledad. El fríoalejaba a los transeúntes. Los excursionistastemiendo que la nievedificultara su retorno a la villahablan renunciado a sus esparcimientos. Bajolos árboles brincaban las urracassacudiendo su plumaje monjilenviandocamino de la sierra su áspero y desabrido canto.

La sierra eraal fondo del horizonteun alto relieve de plata. Blanca ybrillantedesde la base hasta la cimaaumentaba la nitidez de sus alburas enlas cresterías de El Puerto.

Parecía éstea aquellas horasel inmaculado reino de la nieveeltabernáculo escogido en la tierra por el color blanco para encerrarseparaaislarsecustodiado por un ejército de copos vírgenes o para ofrecerse alhomenaje de los hombres en toda su purezasin que aliento o contacto alguno lomanchara. En ese tabernáculo no entra más perfume que el aire inviolado de lamontañani oficia otro sacerdote que el sol.

Los mismos rayos de éste pierdenal romperse en la cresteríasus áureastonalidades y se truecan en lluvia de alabastro. El blanco impera allí comosoberano absoluto. No admiteno consiente rivales. Él se basta para llenarlohermosearlo y dominarlo todo.

En los picos se endurece y congela la nievedespidiendo reflejos metálicos;envuelve los peñotes con artísticas blondasdescuelga por los salientes yrebordes en caireles de hielo; transforma los pedruscos en perlas enormesque aveces se juntan formando espléndidos collares. Aquí construye palacios demarfil; allágraderías de mármol; en este sitiohumanas figuras que seengalanan con ropones de armiño; en aquélmonstruos con escamas de acero quese amenazan y se retan. Cuando el aire la empuja hacia arriba es diamante enpolvo; cuando cae de las nubeslluvia de hojas de azahar.

La misma sombraque sobre todo cuanto brilla se extiende para ennegrecerlorespeta allí el señorío de la nieve y se torna azulde un azul pálidomuypálidoque se desvanece y atenúa hasta confundirse con las incoloras gasasdel aire...

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Por la carretera avanza un automóvil que de ella se desvía al llegar a uncamino accesorio. Entra por él y hace alto junto a un entre merendero y casa delabranza que a la mano izquierda se yerguefrente a un boscaje de perennesverduras.

El automóvilque es de alquilerlleva las cortinas corridas. De él seapea una damaenvuelta en amplio abrigo y cubierto el rostro por un velo tupidoque desdibuja sus facciones.

Con paso rápidoprecedida por un viejo de cara astuta que salió arecibirlaatraviesa un pasillo y entra en una habitación que su guíainclinándosele señala.

Cierra el viejodesde fuerala puerta y la duquesa de Neblijar se hallafrente a don Agapito.

-¡Vaya!¡vaya! -zalameaba éstegolpeando con su manaza llena desortijones la enguantada mano de Leonor.- ¡No vale apurarse! ¡Sosiéguese! Nosoy ningún ogro. Ya se lo dije una tarde en la Castellanaexponiéndome asufrir un descaro: «Si alguna vez puedo ser a usted útilrecurra usted a mí.No perderá su tiempo». La ocasión ha venido y me complazco en repetirle loque entonces le dije.

-Usted no sabrá...

-Lo supongo. Ese baile de la embajada rusa ha dado al traste con elsecretillo de usted. El señor duque quiere que su esposa luzca en la recepciónlas incomparables esmeraldas; usted se encuentra en el atranco de que no lastienede que no las puede recobrar porque no poseeasíde prontolasdoscientas cincuenta mil pesetas necesarias para arrancar la joya de entre lasgarras de este pícaro! ¿No es ciertoseñora duquesa?

-Yo...

-¡Ánimo!... No es tan insoluble el conflicto. Ya hallaremos forma deconjurarlo. Todo estriba en que usted no sea más tirana conmigo que lo que yolo soy con algunos deudores.

-Yo me comprometo... Mis fincas...

-No hablemos de niñeríasni de inmuebles. Por ahí no llegaríamos aninguna parte.

-En tal caso...

-¡AguárdeseLeonorcita!... No sea tan súpita. Todo puede echarse a perdery fuera gran lástima. Aquídonde usted puede vermecon esta facha derinoceronte y con esta fama de usurero sin entrañastengocomo cualquierotromi miajita de corazón y de delicadeza. No creo preciso decirle que ustedme gusta una atrocidad...

-¡Don Agapito!...

-¡Pero una atrocidad!... ¡Como que estoy dispuesto a cometer otra atrocidadpor serle a usted grato! Al fin y a la postrepuedo permitirme despilfarros degran señor!

-Pero...

-Bien miradomi caudal supera al de casi todos esos grandes señores. Siescatimo un ochavo en las ocasiones de empeñocuando se me mete una cosa entreceja y ceja dejo tamaño al difunto duque de Osuna. Entre ceja y cejay en lasentretelas del corazónla tengo a usted metida. De forma...

-¿Qué va usted a decir?

-Que si mañana en todo el díaa la hora que usted gustequiere venir unpar de horitas a cierta finca que tengo próxima a la Cortey cuyas señas vanen esa tarjetaen la finca estará yo con las alhajas. Usted se las llevaregaladas¿eh?regaladas. Si quiere volver otro día -siempre hay apuros- notiene usted más que avisarme. Si no... Sólo unas horas pido. ¡A ver si seríamás pródigo Osuna! Yo espero. Usted hace lo que tenga por conveniente. Ahoracada cual por su lado. Aunque el sitio es fuera de pasono conviene alargar laescena. Salga usted primero. Ya sabe.

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Un carruaje que estaba oculto más allá de la fincaen el boscaje deperpetua verdurapartióalgún tiempo después de haberlo hecho la duquesa yD. Agapitocamino de Madrid.

- XII -

-No creí que estuvieran las piedras tan limpias -decía en la noche delmiércoles a Leonor Alfonsocontemplando el aderezo de esmeraldasquerelumbraba como una constelación sobre el primoroso estuche de gamuza.-Realmentefué espléndido el regalo hecho a la diosa Kalí por el tunecinopirata; digno de una diosade la representada en la estatua de ébano que echómi ascendiente a los fondos del mar con el cuerpo y con la galera de Ben-Alí.

-Dicen -siguió el duque- que aquella imagen era horrible. Así lo pretendela tradición. Yosin embargode más joven la suponía bella: muy morenaconel pelo a ondas y los ojos de negruras aprisionadas. ¡Ilusiones de mozo! Avecesen mis soledades de colegialrecordando la leyenda de los Neblijarevocaba a Kalí y siempre la veía hermosa. ¡Qué tontunaseh!

-Verdaderamente...

-¡Cualquiera sabe la verdad al cabo de tres siglos! Lo indudable es elmérito de las alhajas. Ahí las tenemos proclamándolo.

-Cierto.

-Mañana proclamarán tu triunfo en el hotel de los enviados del Czar.Contigo lo compartiré. Antes de las seis de la tarde estaré aquí de vuelta.

-¿No desistes de la cacería?

-De ninguna manera. A las dos de la madrugada saldremos del clubpara llegaral curadero al romper el día. ¿Quién desperdicia la ocasión de cobrarsemejante pieza? ¡Un jabalí viejo! Un veterano que tiene a su cargo muchas ymuy ruines hazañas. ¡No le arriendo la ganancia si llego a toparme con él!Puede que la suerte me ayude.

-¡Ay! -añadiócontemplando el retrato de su abueloel héroe de lostiempos de Carlos V.- Vosotros tuvisteis más fortuna; podíais probaros con losenemigos de vuestra fede vuestra patria... Pelear con ellos cuerpo a cuerpo.¡Conquistar famaprez!... ¡Nosotros!... ¡Qué remedio! Cada cual coge lo quele depara el destino. A falta de un piratano es mala presa un jabalí. Hemandado que me lleven al club el traje y todos los avíos. No te molestesaguardándome.

- XIII -

Como Alfonso lo asegurabaprodujo Leonor admiración en todos losconcurrentes al baile de la embajada rusa. Su belleza y sus esmeraldas fueronensalzadas a la par. Tanto elogiaron a las últimas queen otrascircunstanciasla duquesa hubiera concluido por tenerles envidia.

Aquella nocheno. Estaba inquietarecelosatemiendo algo que no acertaba adefinir. Sus inquietudes y sus dudas aumentaron con la ausencia de Nuévaloselcual no llevaba trazas de acudir a la fiesta.

Siempre Neblijar fué modelo con su esposa de atención y cortesanía; peroaquella noche las extremaba. Mostrábase más enamoradomás asiduo que nunca;en su cara relucían los negros ojoscon relampagueos de incendiocuandoposaban en la dama.

Al salir del bailedijo a la duquesa:

-Son las cuatro de la madrugaday apenas si en el buffet he tomadocosa apreciable. Tengo más hambre que un mendigo. ¿Quieres que hagamos unalocura de estudiantes?

-¿Cuál?

-Cenar en un restaurant cualesquiera. Después de todoserá una novedadpara ti y un divertimiento.

-A tu gusto.

-Andando. ¡A Fornos! -gritó al chauffer el duque.

- XIV -

Al llegar los postresluego que el camarero descorchó unas botellas deChampagnecerró el duque la puerta del gabinetitollenó hasta los bordes lascopasyapurando la suyadijoen tanto acariciabacon la mano libre de lacopala espléndida diadema del tunecino Ben-Alí:

-Verdaderamenteno tienen estas piedras rival. ¡Y qué extraña sutradición!... El pirata murmuróal caer herido por la espada de miascendiente: «En ti o en los tuyos Kalí se vengará».

-Tres siglos pasaron -continuó- sin que se cumpliese la amenaza. Mas todollegasi tiene que llegar. La promesa se cumple. Kalí se toma su desquite.Más que vengarse hace: resucita.

-¡Qué dices!

-Que Kalí resucita; que encarna. ¡En ti reencarnómujer!...

-¡Alfonso!.

-Nunca hallócomo en tila maldad más perfecto y hermoso molde. ¿Quécreías? ¿Que no iba tu infamia a descubrirse? Nada hay ya oculto de ella: tutraición con Nuévalos; tu capricho de mujerzuela por ese rufiána quiensostenías con mi oro; el empeño de las esmeraldas; su recobramiento porméritos de tu entrega vil...

-¡Oh!...

-La información es plena. No le falta detalle. Vamosmujerno tiembles. Notemas que me cobre con tu muerte de mi deshonra. Has ido tan bajoque la muertesería tu dignificación.

-¡Piedad! ¡PiedadAlfonso! -balbuceaba Leonor- arrastrándose a los piesdel duque.

-Piedadno; justicia. Escucha y obedece.

Hubo un silencio de agonía; despuésAlfonso prosiguió:

-Al salir de este cuartodonde acuden las hembras perdidas -por eso te trajea él- nos separaremos para siempre. Aguarday domínate un poco. No hacefalta que el mozo se entere de la escena. La reserva es por mí; por ti notendría ninguna.

Alfonso llamó al timbrey dió órdenes al camarero. A seguida tornó acerrar la puerta.

-¡Para siemprecomprendes!... ¡Ah! En el bolsillo de tu abrigo está micartera. Las esmeraldasllévatelas también. Luego de manchadasde profanadaspor las manos de Nuévalos y de don Agapitopor el contacto de tu carnenopueden volver al cofre hereditario de los señores de Neblijar. Los exorcismoslas purificaciones a que fueron sometidas hace tres siglosperdieron sueficacia. Kalí triunfó. ¡Que recobre lo suyo! ¡Anda!

Y el duqueabriendo de par en par la puertacedió paso a la desdichadamujerque tuvo que apoyarse en el muro para no caer al suelo.

- XV -

Frente al portal aguardaban dos automóviles. Uno era de alquiler. El otropertenecía al duque.

-Tú a éste -dijo a Leonor el de Neblijar señalando el automóvil dealquiler.- Te advierto -añadió deteniéndola- que no trates de buscar a tuamante. Esta mañanaen una finca de amigos discretos y segurosle he partidoel corazón de una estocada. ¿Vacilas? Es muy natural. Puede que le quisieras.Vamosapóyate en mi brazo por la vez última. Cortesía obliga.

Abrió con mano firme la portezuela del vehículoy empujando dentro aLeonorgritó al chauffer:

-Lleva a esta mujer donde quiera.

Luegodirigiéndose a su automóvildijo con voz segura:

-¡A casa!




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